
Temprano por la mañana empezamos a preparar nuestros equipos, mi catalina , mis anzuelos, la cajita para los napes y por supuesto la colación. Yo era responsable exclusivo de mis cosas, si se me quedaba algo, el panorama se me complicaba porque el problema tenía que resolverlo solito. Mi papá, preparaba su super equipo, porque lo que le pedías lo tenía, excepto la suerte del pescador y aunque yo era un desastre en organización y preparación de materiales, tenía aquel detalle, el más importante.
Partimos en la renoleta, un cacharro verde que se estremecía como citroneta y que emanaba gases y olor a combustible por todos lados, pero uno la alababa, porque siempre partía y no recuerdo momento en que nos haya dejado botados.
Desde la altura, se observaba el majestuoso pacífico, golpeando y golpeando sin cesar la arena de oro de esta costa infinita, iniciamos el descenso, yo siempre quise al cacharrito, pero puchas que me latía el corazón cuando incursionábamos en esas maniobras, poco me acordaba de dios, pero ese era el momento.
Ya abajo y con los pies en la arena, se iniciaba la caminata a los requeríos, al llegar el paisaje era muy distinto al inicio, ahora había que subir. En esa época, uno entiende poco las cosas, solo ve pasar la vida y me preguntaba muchas veces, sino era mejor ir en la mañana a los botes y comprar todo de una vez, en fin. Llegamos a la tan anhelada roca de pesca, mi papá lo primero que hacía era engancharme con un buen cordel, lo que me dificultaba mi labor y me llevaba a pensar sino era una estrategia de mi papá para que yo pescara menos.
Aunque uno se ría, cuando ha pasado el tiempo rememoras y puchas que te gustaría volver a aquella época, el sol reflejado en el mar, la gran roca y una altura de 4 o 5 metros aproximadamente, abajo el mar golpeando la roca que de imaginarte ya te dolió el estómago, el aire salino penetrante, el alma henchida de gozo y ni siquiera de das cuenta.
No pasó mucho rato, cuando mi lienza empezó a tensarse, listo cayó uno, poco a poco empecé a tirar la lienza, suave y lentamente. Como siempre, mi papá me miraba y movía la cabeza, luego sonreía. En eso estaba yo cuando se escucharon algunos gritos. La verdad, no entendía mucho y estaba concentrado en no tirar muy rápido la lienza, en unos segundos vi. una sombra y de un golpe sentí que mi papá se tiraba sobre mí, luego todo fue agua y espuma, al momento mi papá se levantó y me grito que no me moviera, sacó unas cuerdas y junto con otros aficionados a la pesca ayudaron a unos desafortunados que había caído desde la rocas. Fue impresionante, que habrá sido, nadie dio respuesta, tal vez un pequeño maremoto, porque el mar había incursionado varios metros en la costa, pero sin causar tragedias mayores, que el gran susto. Por mi parte, solo estaba enojado porque había perdido mi catalina y de paso el torito que traía, que según yo era uno de los más grandes que había agarrado, aunque yo nunca lo vi, pero como dicen los pescadores. Lo sentí, lo sentí.
Ese día al regresar, mi papá me abrazo y me beso, no es que no me besara y no me abrazara, pero fue diferente y yo por alguna razón, lo mire diferente, tal vez pensando o soñando para que ese momento jamás terminara.
Partimos en la renoleta, un cacharro verde que se estremecía como citroneta y que emanaba gases y olor a combustible por todos lados, pero uno la alababa, porque siempre partía y no recuerdo momento en que nos haya dejado botados.
Desde la altura, se observaba el majestuoso pacífico, golpeando y golpeando sin cesar la arena de oro de esta costa infinita, iniciamos el descenso, yo siempre quise al cacharrito, pero puchas que me latía el corazón cuando incursionábamos en esas maniobras, poco me acordaba de dios, pero ese era el momento.
Ya abajo y con los pies en la arena, se iniciaba la caminata a los requeríos, al llegar el paisaje era muy distinto al inicio, ahora había que subir. En esa época, uno entiende poco las cosas, solo ve pasar la vida y me preguntaba muchas veces, sino era mejor ir en la mañana a los botes y comprar todo de una vez, en fin. Llegamos a la tan anhelada roca de pesca, mi papá lo primero que hacía era engancharme con un buen cordel, lo que me dificultaba mi labor y me llevaba a pensar sino era una estrategia de mi papá para que yo pescara menos.
Aunque uno se ría, cuando ha pasado el tiempo rememoras y puchas que te gustaría volver a aquella época, el sol reflejado en el mar, la gran roca y una altura de 4 o 5 metros aproximadamente, abajo el mar golpeando la roca que de imaginarte ya te dolió el estómago, el aire salino penetrante, el alma henchida de gozo y ni siquiera de das cuenta.
No pasó mucho rato, cuando mi lienza empezó a tensarse, listo cayó uno, poco a poco empecé a tirar la lienza, suave y lentamente. Como siempre, mi papá me miraba y movía la cabeza, luego sonreía. En eso estaba yo cuando se escucharon algunos gritos. La verdad, no entendía mucho y estaba concentrado en no tirar muy rápido la lienza, en unos segundos vi. una sombra y de un golpe sentí que mi papá se tiraba sobre mí, luego todo fue agua y espuma, al momento mi papá se levantó y me grito que no me moviera, sacó unas cuerdas y junto con otros aficionados a la pesca ayudaron a unos desafortunados que había caído desde la rocas. Fue impresionante, que habrá sido, nadie dio respuesta, tal vez un pequeño maremoto, porque el mar había incursionado varios metros en la costa, pero sin causar tragedias mayores, que el gran susto. Por mi parte, solo estaba enojado porque había perdido mi catalina y de paso el torito que traía, que según yo era uno de los más grandes que había agarrado, aunque yo nunca lo vi, pero como dicen los pescadores. Lo sentí, lo sentí.
Ese día al regresar, mi papá me abrazo y me beso, no es que no me besara y no me abrazara, pero fue diferente y yo por alguna razón, lo mire diferente, tal vez pensando o soñando para que ese momento jamás terminara.

No hay comentarios:
Publicar un comentario