jueves, 26 de julio de 2007

El Ramal


Si, yo me acuerdo, era cabro chico e ibamos a la estación central de Concepción o a la alternativa Andalien, ahí salía el tren para el norte, llegaba hasta Chillán, claro que mi viaje era más cortito, solo iba a Dichato, pero no se confundan, era un viaje cualitativamente superior a cualquier viaje por las autopistas de hoy. Era un viaje de mundos transversales, de familias llenos de crios, de personajes que se ganaban la vida.

Lo primero que rogabas al subir al tren después de un gran discurso de los papás de lo peligroso que era jugar en él, era que abrieran la ventana, era todo un arte y para protegerte te contaban el cuento de no sacar la cabeza ya que muchos niños la habían perdido por no hacer caso, el cuello iba duro, sin movimiento, por lo meno el mío, los cabros de antes éramos más pavos, creíamos todo lo que nuestros mayores nos decían, no como hoy día que se ríen en tu cara.

Se iniciaba el viaje y empezaba el show, pasaba un señor vendiendo cuanto cachivache te puedes imaginar, corta uñas, naipes, navajas, gafas, nombra algo, ahí estaba, luego venía el personal del tren que ofrecía bebidas a precio de oro y calientes, poquitas veces me compraron una y lo máximo de la época era una botella de coca cola de un litro, hoy me pregunto como sobrevivíamos en esa época mi crió se sirve un solo vasote y se fue el litro, luego a los 15 minutos antes de llegar a las estaciones de Penco, Tomé, Coliumo, Dichato, pasaban los 2 inspectores que te revisaban tu boleto que era un rectángulo chiquito en cartón duro, yo diría cartón piedra, adivinen yo me entretenía coleccionándolos, uno le hacía con una herramienta una perforación, el otro miraba y anunciaba, boletos, boletos, boletos, pero no solamente eso, era el hombre del metro, todavía recuerdo cuando mi abuela discutía por mi hermana, mide 1,05 señora debe pagar, ahí empezaba la discusión bizantina y para variar mi abuela tomaba a mi hermana y hacía su personal medida, eso sí que nunca superaba el metro, al final y como siempre, terminaba pagando el pasaje, pero era parte del espectáculo, todos sabíamos lo que iba a pasar. También, existía el sordo, el que miraba la hora o al que justo en el momento de mostrar boleto se encerraba con una supuesta colitis en el baño, ahí estaba el inspector implacable, señor por favor apresúrese, lo estamos esperando, porque eso sí, eran jodidos pero puchas que eran caballeros.

Se iniciaba la aventura de pasar por lo túneles, si llevabas la ventana arriba, tenías una experiencia maravillosa de humedad, de agua de hongos de una corriente de aire que jamás nadie puede olvidar, al ratito, particularmente en la mañana, dos personajes típicos de ferrocarriles, los que vendían el café y el pan con queso, yo no se pero puchas que encontraba rico el pan con queso, no era igual al que comía en mi casa este era distinto tenía un sabor sin igual, además que lo acompañaba el aroma del inconfundible café. Así era la cosa, los cabros chicos recorriendo el tren, me incluyo, los adultos gritoneando, risas, carcajadas, se hablaba fuerte, ya que el ruidito del trencito era estruendoso.

Al pasar la gruta de la virgen, sabíamos que venía coliumo, las rocas, los tres morros, la playa y Dichato, así que rápidamente mi abuela a colocarnos en formación, colocarse chaquetas, preparar los bolsos, después de Coliumo era un trámite de 5 minutos llegar a Dichato. Paraba el tren, bajábamos y en general mis recuerdos son de ir yo con mi abuela cargados como burros con tanto bolso en búsqueda de un carretón que nos llevara las cosas, puchas cuando lo cuento parece que estuviera en el oeste de la familia ingals, esto porque mis papas estudiaban y trabajaban, así que mi abuela pasaba a rescatarme del aburrimiento citadino de un departamento chico, de ahí a nuestra casa que estaba a 300 metros de la estación, en mi ociosidad me preocupe de medir la distancia, a la chilena por su puesto.

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