lunes, 13 de agosto de 2007

Sueños - Lee y Cine


Desesperados porque suene el timbre, Ernesto y Miguel cuentan los segundos. Cinco, cuatro, tres….¡ Sonó el timbre!. Corrieron por los pasillos del San Agustín de Concepción, directamente al baño, se lavaron, se arreglaron y partieron al paradero, eran la 13:30 y debían llegar a las 14:00 horas a Talcahuano, el único bus que le daba cierta posibilidad de llegar a la hora era el bus de la base naval. Por fin arriba, empezaron a revisar y deleitarse con la cartelera de esa semana del Dante. Fantástico tres películas: 2 de Bruce Lee y 1 de Jackie Chan, no tenemos idea de quien es este último, pero bueno igual vale, lo mejor de esa aventura , es que dan tres películas al hilo y después viene el rotativo, según nuestros cálculos alcanzamos a ver las tres películas y la primera una vez más, saldremos del cine como a las 10:30 aproximadamente.

Llegamos a Talcahuano, nos bajamos y nos dirigimos al trote a la plaza de armas, donde se encontraba nuestra felicidad. El Dante era una sala de teatro gigantesca, con olor a moho a viejo a rancio, sus murallas carcomidas por la humedad y los hongos y su cortina gigantes que jamás parecen haber conocido un lavado. Generalmente, en la semana no iban muchos cinéfilos al teatro (así le decíamos al cine), nosotros este dúo de fanáticos de Lee éramos los incondicionales del Lunes y el Viernes. Así, el Viernes, realizábamos el mismo ritual del Lunes y aparentemente creábamos un ambiente como que nunca habíamos visto las películas repetidas que íbamos a ver nuevamente.

En la semana de clases, potenciábamos nuestros sueños y locuras infantiles adolescentes, Miguel hacía comic de karate de acuerdo a un guión que inventábamos y luego yo debía ordenar y graficar para darle un aspecto de revista, aquí empezaban nuestras discusiones profesionales ya que siempre existía la tendencia de mi amigo de integrarnos en los comics con nuestros héroes, lo lamentable que el siempre aparecía en el equipo de los buenos y yo era el mono de trapo al que todos daban tremendas palizas, proteste por ser siempre el malo y me negué a realizar mi trabajo, por fin era el bueno, pero nuevamente este chiflado me traiciono, sí era el bueno, pero justo le daban una paliza y el bien perdía. Así nos retábamos a una lucha de karate el cual era un festival de la tontera, puros movimientos y llaves sin tocarse, claro que al final los dos afirmábamos a verle ganado al otro, porque se uso el puño de acero, la garra de águila, la mordida de cobra, etc.

Afortunadamente para nosotros, el cine chino y de karate que inicialmente daban en el Dante, empezó a ser popular en los cines de Concepción, llegaban solo de a dos películas en rotativo a los cines windsor, opera, regina, plaza, lido, los otros como el romano, concepción y el teatro concepción olvídense, jamás. Abandonamos nuestras aventuras al Dante y organizamos nuestros movimientos en estos nuevos cines que estaban a dos o tres cuadras de nosotros, lo terrible fue que nos encontramos que muchas veces las películas eran para mayores de 18, así que nuestras primeras aventuras fueron un fracaso, no nos dejaban entrar, por fin ideamos una idea e íbamos en la semana y le buscábamos conversa al portero, al final nos ubicaba y cuando había más confianza, le pagábamos las entradas a él y con su alto auspicio ingresábamos a ver nuestras películas. Sí, fue nuestra primera experiencia de corrupción, pero en honor a la verdad, bendita corrupción, sino, no habríamos visto jamás las nuevas aventuras de nuestro nuevo ídolo Jackie Chan.

jueves, 9 de agosto de 2007

El día que vino el Papa…


Estaba un poco emocionado, habían pasado algunos meses sin tener noticias de los míos, así que me aferré fuertemente a la pequeña carta y la leí y releí una y otra vez. En esa carta me contaban que el papa había venido a Chile y que mi hermana y mi papá habían hecho una vigilia en el club hípico de Concepción a la espera del arribo de Juan Pablo II, la carta transmitía emoción y esperanza, a lo mejor esta visita llevaría al país a la luz.


Yo estaba abrigado con mi grueso abrigo y chafska haciendo una larga cola en la plaza roja para ver la tumba de Vladimir, fue impresionante el ingreso, ya que veías a tu alrededor varios guardias observando como linces cada movimiento de los visitantes, al centro iluminado con una luz que envolvía todo su cuerpo estaba durmiendo el prócer, al menos parecía estar en un sueño plácido. La visita fue corta y precisa, observas un par de segundos te grabas la información como el acontecimiento de tu vida, por lo menos para la mía y fuera.

Luego de deambular por los patios del Kremlin y sus hermosas iglesias, decidí caminar a los café, como siempre estaban llenos, igual ingresé y con mi champurreado idioma conseguí un pastelillo y un café, así seguí mi caminata y me imaginaba a mi familia en cálida algarabía.

Me acercaba al rió Moscú cuando vi insólitamente unas personas sobre el hielo, todas en traje de baño lanzándose al río, caramba me dije, y ahí me quede observando un buen rato sus piqueros irracionales, que en realidad era una tradición de bienvenida a la primavera y despedida al invierno. Sin haberme tirado al río, sentí un profundo frío que me hizo dar diente con diente, creo que fue mas psicológico porque de verdad ya no hacia tanto frío, por lo menos eso decían los rusos, lo que para mi en realidad no era ningún referente, ya que 0 grados era frío para mi y 35 y 40 grados bajo cero era frío para ellos, así que en realidad hacia mucho frío. Me fui a una estación del metro y anoté la línea donde me encontraba y seguí la línea azul hasta el final, mientras viajaba pensaba en que sorpresa me deparaba la ultima estación, baje rápido con cierta emoción, subí rápidamente las escaleras y sorpresa, los mismos edificios, calles y señalizaciones de la estación de salida. No, no piensen que estaba en dimensión desconocida en realidad era un defectillo del país, construyen como que el mundo se va acabar por cientos los mismos tipos de edificios departamentos y hasta le colocan la misma pintura, es decir, efectivamente estaba en la ultima estación, aunque pareciera la misma de donde salí. Enrumbe entonces dijo el chillanejo, y me encontré en una plazoleta donde había una novia con su traje blanco y un novio con un terno celeste, no tengo idea de moda, así que me imagino que los colores tienen nombres mas sofisticados, estaban con toda su familia se sacaban fotos en la nieve se besaban y la alegría era colectiva la gente al pasar saludaba y aplaudía, como cuando aquí en Chile se nos ocurre tocarles la bocina del auto, nose si para saludarlos o para despertarlos y que salgan arrancando. En eso mi mirada se cruzó con el novio, no se que me vio que partió me abrazo y llevó un vaso de champaña, me hablaba y hablaba como si me hubiese conocido toda la vida, yo solo sonreía, lo mas probable que el ruso haya pensado compartir con un desdichado hombre y regalarle unos segundos de felicidad al pobre mudo.

Después de la algarabía, de percatarme que la champaña dulzona después de tres copas me había colocado feliz, mire a mi alrededor y vi luces y cielo oscuro, mire mi reloj y definitivamente estaba fuera de horario ya que debía llegar a las 20:00 horas al Konsomol, apuré el tranco, tomé las líneas que correspondían y al llegar ya eran las 10:00, ahí estaba Martita la perivoche y mi jefe de delegación con dos policías muy preocupada, cuando me vio, se acercó a mi y no tengo idea que me dijo, ya que en vez de hablarme en español como siempre lo hacia, me lo dijo todo en ruso y enojada, yo pensaba pobre flaco, por el marido, después se me acercó, me abrazo me beso en la mejilla, me arreglo la ropa, siempre hacia lo mismo conmigo, no se si era manía o yo andaba con la ropa mal puesta y de ahí me acompaño al casino para cenar y para que le contara donde había estado, si era espía no importaba, le miraba sus incendiarios ojos verdes y se lo conté todito y hasta un poquito mas para que me hiciera mas compañía.

Al llegar a mi dormitorio, pensé en mi día de aventura y en como mi hermana y mi papá estarían en Chile enarbolando sus pañuelos blancos para saludar al Papa.

sábado, 28 de julio de 2007

La Visitante



Hacía unos meses había llegado de Lebu, para tener su hijo en Chillán. La casa de su suegra era más bien una casona, con 5 dormitorios , comedor, living, galería comedor, una cocina gigante, cuartos traseros y un gran patio con jardines y parrones. Sin lugar a dudas, era una cosa con cierta historia, ya 3 generaciones habían vivido en ella, se contaban historias entretenidas como la del bisabuelo que para el terremoto del 39, en que cayó todo Chillán, incluyendo la manzana completa donde vivía la familia, se salvó quedando debajo de una cama, todos pensaban que estaba muerto, no ,estaba curado hasta la inconciencia, a tal grado que nunca se enteró del terremoto y cuando se recuperó del sueño de baco, preguntaba donde estaba Chillán. También se contaban, otras no tan entretenidas, como la del padre de mi abuela que después de una pelea matrimonial, fue encontrado ahorcado en uno de los cuartos traseros de la casona.

Así pasaron los días, era Diciembre y había que preocuparse de refrescarse, por ello, el paseo por la tarde a la plaza para servirse un helado era casi una rutina, además el mote con huesillos helado y la típica visita a la feria, para Gabriela fue entretenido una o dos semanas luego fue una tortura rutinaria.

Ya tenía 6 ½ meses y había sido hasta el momento un embarazo relativamente bueno, sin mayores complicaciones. Una tarde, se dio la coincidencia que al personal de servicio le correspondía su día libre y los varios miembros de la familia tenían compromisos, incluyendo a la suegra que tenía la costumbre de salir los fines de semana a jugar a los naipes con sus amigas.

Bueno, que se le va hacer, se dijo Gabriela, se encerró en su dormitorio y se puso a devorar un libro como era su costumbre, por una razón inexplicable, estaba desvelada y no lograba conciliar el sueño, de repente se escuchó que se abría una de las puertas interiores y se cerraba, luego unos pasos. Gabriela, salió del dormitorio pensando que su suegra había llegado temprano, se dirigió a la entrada y nada, estaba todo cerrado, pensó que seguramente fue un ruido y se confundió, cuando se regresaba al dormitorio, se escucharon los mismos pasos en la pieza de costuras y además habían prendido la luz, no había duda, sino era la suegra, a lo mejor era alguien del servicio, se encaminó a la pieza y cuando iba llegando comenzó a funcionar la maquina de coser singer, que en esos tiempos eran a pedales y de fierro. Fuerte, tremendo fue su grito, cuando vio la pieza vacía y la máquina trabajando a toda potencia, corrió, se encerró en el dormitorio aterrada, fueron momentos, minutos, horas de terror, sin sueño y con pánico, sin saber a quién llamar ya que los números de teléfonos de la época eran muy limitados y lo más importante, el teléfono estaba en la galería al lado del cuarto de costura.

Como a las cinco de la mañana escuchó la puerta y voces, no salió hasta que se aseguró de reconocer la voz. Señora María, pasó algo terrible, le dijo Gabriela a la suegra, después que esta le explicara detalladamente lo sucedido, la suegra le dijo, no se preocupe mijita, no se altere, calmese, debe haber sido mi abuelita que la vino a visitar, siempre viene cuando está por nacer un nuevo miembro de la familia, está contenta.

Sin más, sin menos y sin que importara la opinión de nadie, Gabriela empacó todas sus cosa y se regresó a Lebu.

viernes, 27 de julio de 2007

El Puma



Si fue allá por los 90, había congelado los estudios universitarios, así que estaba en plena labor de los sin labor, cesante. Un conocido porque como saben estamos en pitutilandia me ofreció un trabajo de administrador de faena, ni me imaginaba de que se trataba el trabajito, bueno consiste, me dijo , en llevar el control, inventario y organización general de una faena forestal, bien le dije, no creo que tenga mayores dificultades, una vez que vi el papeleo y los procedimientos. El día lunes como a las 5:00 am, se instaló un deschavetado a tocar la bocina en la puerta de mi casa, me levante para gritarle un par de cosas a este imbecil y era él, el conocido de la pega, me había dicho el lunes te paso buscar en la mañana, esta bien, en la mañana pero no a las cinco de la mañana. Como ya me había subido al carro, nada que hacer, partimos.Fue una hora y media de camino a la codillera, primero a Coihueco, de ahí a un pueblito llamado Minas del Prado era el verdadero oeste americano y de ahí, subir y subir, a la montaña, calor, trumao, saltos y saltos, que horrible viaje, al llegar me esperaba una verdadera comitiva, las señora maría la cocinera, la señora Lastenia la panadera, nunca se me olvido el nombre y Juanito el siempre y bien ponderado ayudante de faena, fue hachero o quiso serlo y a los dos día estaba accidentado, se quedo unos días en la faena para recuperarse y se los ganó a todos con su amabilidad y buena voluntad, Juanito se iba a quedar toda la temporada, hasta que al ingenioso se le ocurrió reactivar las brasas del pan con un chorrito de bencina de un bidón, imagínense un verdadero hongo atómico en versión casera, me tocó llevarlo como una momia envuelta a la Chilena de Seguridad, 2 horas de viaje con este cristiano bramando y bramando, fue horrible y aunque llevaba las ventanas abiertas el olor a carne humana chamuscada jamás se me olvidará, pero para terminar el cuento feliz aunque no lo crean se recuperó y quedo bastante bien, uno que otro detalle, pero para lo que fue, nada.

A los días me pasaron a la paloma, una yegua vieja y tranquilita, ya que mi experiencia como jinete solo había sido en caballito de palo, ahí andaba yo, arriba y abajo en las fajas, en los arroyos tomando agua con harina con los viejos, también cuando podía ayudando a familias campesinas que vivían por ahí, cuando partía a Chillán a realizar las compras de la faena para la semana, aprovechaba de llevarle algunas cosillas que me encargaban, no era gran cosa para mí y podía hacerles perfectamente el favor, lo que me trajo sin querer mucho afecto de esas personas me invitaban a comer cazuelitas, esas de las que se habla tanto, pero allá por lo menos, eran puro aceite y ají color , el pollo una cosa dura, incomible, pero que le iba a ser, sonreír y comer, lo rico eran las tortillas, las sopaipillas con ají, por ahí arreglaba la cosa y de repente mataban un chivito, ahí si, la cosa era buena, chivito al palo. En esas andaba yo, cuando la señora Tato y su esposo Vilialdo, me invitaron a comer pescado frito, una tarde, fui más que nada por la novedad, ¿pescado frito?, vamos a ver como está, me dije, y enrumbe con mi paloma a mi destino, la señora tato era bueyera y acomodaba palmo a palmo con su marido las rumas de pino, Vilialdo era motosierrista y hachero junto con la señora Tato, que les puedo decir trabajaba mejor que los hombres y le daba a la pega hasta el fin de semana, cuando andaban todos los viejos chupando, incluyendo su marido. Por fin llegué, el recibimiento cálido como siempre y el famoso pescado frito era una cosa como sardina española tirada al aceite, una cosa espinosa y aceitosa incomible, pero ellos se los devoraban, así que le dí firme a la sopaipilla y a la conversa, así se me paso el tiempo, cuando mire hacia fuera y había estrellas, me levante apresurado y dije y ahora como lo hago. La señora Tato, me dijo, aquí le hacemos un espacio en la cocina, pero no habría podido aguantar tantas horas en esa cocina llena de humo, aguantaba unas horas máximo, después a llenarme los ojos con colirio. No se vaya jefe, me dijo la Tato, ya es muy tarde y a esta hora baja por esto lados el león, me preguntaba interiormente que hacer, pero finalmente decidí irme.

Al despedirme, la Tato me dijo, cualquier cosa, no se suelte y ni se le ocurra tirarse, puchas me dije, esta vieja me cago de miedo, me lo tome con calma y partí tranquilo con mi paloma, un tranco suave y seguro, según la Tato, la paloma se sabía el camino que le diera rienda, llegará solita, a veces me preguntaba, no me estarán agarrando para la tontera y a mis espaldas se mataran de la risa, en eso iba. Cuando mi vieja Paloma, pegó un relincho, paró dos patas donde tuve que agarrarme con todas mis fuerzas y se largo a correr la yegua de mierda como nunca la había visto, yo no veía nada, nada, todo era una boca de lobo, lo único que recordaba era lo que me había dicho la Tato, agárrese firme, la yegua corría y corría parecía que jamás pararía, en ese viaje desatado, me agache y me aferré, pero igual sentía que las ramas y la zarzamora me pasaba por todas partes sentí, mi cara humedad y a mi boca llegó un gustillo que todos conocemos, sangre, creo que ahí sentí miedo pero de verdad, no sabía hacía donde iba la yegua, solo sabía que tenía que agarrarme, para más remate yo sentí la sangre, si andaba el puma, con mayor razón el debió haberla olfateado, fue tal el miedo y la adrenalina me imagino, que yo mismo chicote a la paloma para que corriera más fuerte, no se adonde pero que corriera y rogaba para que fuera verdad lo que me dijo la Tato , que la yegua se sabía el camino al campamento, sin ver nada, sudoroso, con sangre, con miedo, pánico diría yo, divise una luces a lo lejos, el campamento, al rato llegamos con la paloma esta no paró de correr, hasta llegar a la puerta de mi oficina, al llegar me tiré de la yegua, caí al suelo y ahí me quede, tratando de recuperar la respiración y la compostura, ya que estaba en schock de pánico. La señora María, me tomó con juanito y me llevaron a mi modulo, mientras me llevaba me dijo, como se le ocurre andar a esta hora, no sabe que anda el león y anda con hambre, agradezca a los santos que la paloma era, vieja y aleona, eso en realidad quiere decir que la yegua había tenido una experiencia anterior con un puma y nunca se le olvido su olor, por ello se les llama aleona, cuando al sentir la presencia del león huyen sin parar, de no ser así y hubiese sido un caballo joven, me dijo, ahora no estaría aquí, se lo estará sirviendo el león, creo que ahí se me doblaron las piernas poco me acuerdo, me llevaron a mi cama, cerré con mil trancas el módulo y dormí a saltos.

jueves, 26 de julio de 2007

El Ramal


Si, yo me acuerdo, era cabro chico e ibamos a la estación central de Concepción o a la alternativa Andalien, ahí salía el tren para el norte, llegaba hasta Chillán, claro que mi viaje era más cortito, solo iba a Dichato, pero no se confundan, era un viaje cualitativamente superior a cualquier viaje por las autopistas de hoy. Era un viaje de mundos transversales, de familias llenos de crios, de personajes que se ganaban la vida.

Lo primero que rogabas al subir al tren después de un gran discurso de los papás de lo peligroso que era jugar en él, era que abrieran la ventana, era todo un arte y para protegerte te contaban el cuento de no sacar la cabeza ya que muchos niños la habían perdido por no hacer caso, el cuello iba duro, sin movimiento, por lo meno el mío, los cabros de antes éramos más pavos, creíamos todo lo que nuestros mayores nos decían, no como hoy día que se ríen en tu cara.

Se iniciaba el viaje y empezaba el show, pasaba un señor vendiendo cuanto cachivache te puedes imaginar, corta uñas, naipes, navajas, gafas, nombra algo, ahí estaba, luego venía el personal del tren que ofrecía bebidas a precio de oro y calientes, poquitas veces me compraron una y lo máximo de la época era una botella de coca cola de un litro, hoy me pregunto como sobrevivíamos en esa época mi crió se sirve un solo vasote y se fue el litro, luego a los 15 minutos antes de llegar a las estaciones de Penco, Tomé, Coliumo, Dichato, pasaban los 2 inspectores que te revisaban tu boleto que era un rectángulo chiquito en cartón duro, yo diría cartón piedra, adivinen yo me entretenía coleccionándolos, uno le hacía con una herramienta una perforación, el otro miraba y anunciaba, boletos, boletos, boletos, pero no solamente eso, era el hombre del metro, todavía recuerdo cuando mi abuela discutía por mi hermana, mide 1,05 señora debe pagar, ahí empezaba la discusión bizantina y para variar mi abuela tomaba a mi hermana y hacía su personal medida, eso sí que nunca superaba el metro, al final y como siempre, terminaba pagando el pasaje, pero era parte del espectáculo, todos sabíamos lo que iba a pasar. También, existía el sordo, el que miraba la hora o al que justo en el momento de mostrar boleto se encerraba con una supuesta colitis en el baño, ahí estaba el inspector implacable, señor por favor apresúrese, lo estamos esperando, porque eso sí, eran jodidos pero puchas que eran caballeros.

Se iniciaba la aventura de pasar por lo túneles, si llevabas la ventana arriba, tenías una experiencia maravillosa de humedad, de agua de hongos de una corriente de aire que jamás nadie puede olvidar, al ratito, particularmente en la mañana, dos personajes típicos de ferrocarriles, los que vendían el café y el pan con queso, yo no se pero puchas que encontraba rico el pan con queso, no era igual al que comía en mi casa este era distinto tenía un sabor sin igual, además que lo acompañaba el aroma del inconfundible café. Así era la cosa, los cabros chicos recorriendo el tren, me incluyo, los adultos gritoneando, risas, carcajadas, se hablaba fuerte, ya que el ruidito del trencito era estruendoso.

Al pasar la gruta de la virgen, sabíamos que venía coliumo, las rocas, los tres morros, la playa y Dichato, así que rápidamente mi abuela a colocarnos en formación, colocarse chaquetas, preparar los bolsos, después de Coliumo era un trámite de 5 minutos llegar a Dichato. Paraba el tren, bajábamos y en general mis recuerdos son de ir yo con mi abuela cargados como burros con tanto bolso en búsqueda de un carretón que nos llevara las cosas, puchas cuando lo cuento parece que estuviera en el oeste de la familia ingals, esto porque mis papas estudiaban y trabajaban, así que mi abuela pasaba a rescatarme del aburrimiento citadino de un departamento chico, de ahí a nuestra casa que estaba a 300 metros de la estación, en mi ociosidad me preocupe de medir la distancia, a la chilena por su puesto.

La Ola


Temprano por la mañana empezamos a preparar nuestros equipos, mi catalina , mis anzuelos, la cajita para los napes y por supuesto la colación. Yo era responsable exclusivo de mis cosas, si se me quedaba algo, el panorama se me complicaba porque el problema tenía que resolverlo solito. Mi papá, preparaba su super equipo, porque lo que le pedías lo tenía, excepto la suerte del pescador y aunque yo era un desastre en organización y preparación de materiales, tenía aquel detalle, el más importante.

Partimos en la renoleta, un cacharro verde que se estremecía como citroneta y que emanaba gases y olor a combustible por todos lados, pero uno la alababa, porque siempre partía y no recuerdo momento en que nos haya dejado botados.

Desde la altura, se observaba el majestuoso pacífico, golpeando y golpeando sin cesar la arena de oro de esta costa infinita, iniciamos el descenso, yo siempre quise al cacharrito, pero puchas que me latía el corazón cuando incursionábamos en esas maniobras, poco me acordaba de dios, pero ese era el momento.

Ya abajo y con los pies en la arena, se iniciaba la caminata a los requeríos, al llegar el paisaje era muy distinto al inicio, ahora había que subir. En esa época, uno entiende poco las cosas, solo ve pasar la vida y me preguntaba muchas veces, sino era mejor ir en la mañana a los botes y comprar todo de una vez, en fin. Llegamos a la tan anhelada roca de pesca, mi papá lo primero que hacía era engancharme con un buen cordel, lo que me dificultaba mi labor y me llevaba a pensar sino era una estrategia de mi papá para que yo pescara menos.

Aunque uno se ría, cuando ha pasado el tiempo rememoras y puchas que te gustaría volver a aquella época, el sol reflejado en el mar, la gran roca y una altura de 4 o 5 metros aproximadamente, abajo el mar golpeando la roca que de imaginarte ya te dolió el estómago, el aire salino penetrante, el alma henchida de gozo y ni siquiera de das cuenta.

No pasó mucho rato, cuando mi lienza empezó a tensarse, listo cayó uno, poco a poco empecé a tirar la lienza, suave y lentamente. Como siempre, mi papá me miraba y movía la cabeza, luego sonreía. En eso estaba yo cuando se escucharon algunos gritos. La verdad, no entendía mucho y estaba concentrado en no tirar muy rápido la lienza, en unos segundos vi. una sombra y de un golpe sentí que mi papá se tiraba sobre mí, luego todo fue agua y espuma, al momento mi papá se levantó y me grito que no me moviera, sacó unas cuerdas y junto con otros aficionados a la pesca ayudaron a unos desafortunados que había caído desde la rocas. Fue impresionante, que habrá sido, nadie dio respuesta, tal vez un pequeño maremoto, porque el mar había incursionado varios metros en la costa, pero sin causar tragedias mayores, que el gran susto. Por mi parte, solo estaba enojado porque había perdido mi catalina y de paso el torito que traía, que según yo era uno de los más grandes que había agarrado, aunque yo nunca lo vi, pero como dicen los pescadores. Lo sentí, lo sentí.

Ese día al regresar, mi papá me abrazo y me beso, no es que no me besara y no me abrazara, pero fue diferente y yo por alguna razón, lo mire diferente, tal vez pensando o soñando para que ese momento jamás terminara.

El jardín


Voy caminado apresuradamente por el corredor, llego a chocar con la puerta de cholguan de la cocina que está toda destartalada, la abro y siento los perfumes del entorno, salgo y me atreviesan los rayos del sol, logro divisar el parrón que es sometido por los mil fulgores del sol, apresuro el paso y por fin llego al rincón del dafne, naranjo, limonero, palto, rosas, cierro mis pequeños ojos y me envuelve, me envuelve, una ola de calidez húmeda de un jardin que explota en colores y aromas. He llegado, he llegado a la casa de mi abuela.